Me llaman


Luis había cuidado con esmero los detalles de su arreglo. Era la primera fiesta de secundaria a la que asistía. Se miró por decima tercera ocasión en el espejo. El pelo lustroso, la ropa sin arrugas y perfectamente combinada. Se lavó con fruición los dientes. Olió su aliento, sus axilas, la piel de los brazos: irreprochable. Cuando salía de su habitación recordó que no había puesto talco a los zapatos. Tomó de su buró una botella amarilla y despachó dos raciones considerables.


Durante la fiesta Luis se divirtió, para nadie pasó desapercibida su implecable facha. Incluso algunas de sus compañeras al cruzar miradas caían en un breve lapso nervioso. Después de dos horas de baile, el anfitrión propuso jugar botella. Hubo algunos reclamos y negaciones tibias, pero al final se hizo un círculo grande con todos los invitados. Hubo castigos, cachetadas y besos. A Luis no le había resultado contraria la suerte, besó a tres niñas distintas, hasta que tuvo que descalzarse y caminar como pato. Casi al terminar el recorrido que le habían asignado, Luis escuchó risas y carcajadas. En la alfombra sus huellas blancas parecían fosforecentes.


Al colocarse los zapatos de nuevo no alzó el rostro, pensó que a partir de ese instante su mundo podía irse al infierno.
Elefante
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