Autorretrato a los 28


A Iñaki Valderrama.


Enciendo el calentador a las ocho y cuarto de la mañana. Mi hora de entrada a la oficina es a las ocho treinta. Dormí cuatro horas. Hablé demasiado, dije que nunca jugué a quedarme con la chica, que jamás había sido tan sincero. Desde la cocina miro sobre la mesa mi libreta con garabatos negros, yo que no he tenido nunca un oficio, que ante todo competidor me he sentido débil, que perdí los mejores títulos para la vida.
Pasé una semana casi solo, estos últimos meses acepté que tengo terror de dormir sin nadie, a pesar de que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución). Cuando alguien me acepta en su casa hago lo imposible para que comience a odiarme, para que al poco tiempo repita palabra por palabra lo de Marla: "eres lo peor que me ha sucedido". Funciona realmente, también está la otra frase: "desde la primaria nadie me había penetrado como tú". Soy objeto de risa para mí mismo, tengo un orgullo satánico aunque a ciertas horas haya sido humilde hasta igualarme a las piedras. Pero ahora en esta casa me siento distante, siento una rabia por lo que fuimos y que ahora se ha diluido. No hablo sólo de la traición de Jorge a Jorge, del triángulo de nueve lados.
Siento que no nos vimos. Como si sólo fuéramos capaces de vernos en el futuro o en el pasado. No estamos en el lugar cuando nuestro cuerpo ocupa ese lugar. No hacemos el amor con la mujer que está allí en la cama, sino con la idea que habíamos construído de ella, con ella pero meses antes.
Estoy hablando de mí, por supuesto. No supe que por primera vez no conducía un monoplaza, sino que estaba dentro de un auto corriendo un rally y que estaba con otros pilotos igual de grandes, igual de pendejos e hijos de puta que yo.
No podré formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida porque siempre me quedaré sin nada y con ello estaré orgulloso, con ello querré ser Bolaño por el camino más fácil: el de la renuncia, el de la huída. Más fácil no enviarle un correo a Jorge diciéndole que quisiera estar, dormir y aburrirme el sábado con él.
Con Ánuar es distinto, sigue distante, pero de a poco sanará la herida que hice, que hicimos. Andréi, bueno, a ese lo encuentro a las cuatro de la mañana en Insurgentes, borracho y feliz.
He sido dado de baja en todas partes por inútil, en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno, me niego a reconer los hechos, siempre babeo sobre mi historia. Por supuesto alardeo, no tengo otra cosa que mi piel que sana rápido y a la que no le duela nada en demasía y sí soy imbécil y más que imbécil de nacimiento por hacer las cosas que hice por nada, porque acá no estaba en juego el amor o el mucho tiempo que pasamos juntos o que fuera amigo de Avril y Jorge. No, sólo fue perseguir el carro y ladrarle. Pero el auto se detuvo y no supe qué hacer, porque sí, se sentía bonito tener cerca a una antigua amiga y cómplice.
Bueno, daré fin a estas letras, fin a tantas cosas, porque eso en realidad es Tánger o una ciudad de Brasil, porque no pudimos ser o fuimos (fugaces y atrozmente intensos) esos músicos de los que habla Andréi que se encierran en una bodega a tocar cinco canciones.
Me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado.


El texto en cursivas pertenece a un poema de Rafael Cadenas, para leerlo completo visite: http://notenemosriosnotenemospozos.blogspot.com/

4 comentarios:

Anuar Zúñiga Naime dijo...

Ya puse tu comentario en mi fan mail

La Síbila de las sílabas sibilantes dijo...

A veces yo también pienso que no nos vimos...

Y sí, tienes un humor satánico.

Qué bueno poema el de Rafael Cardenal.

Un abrazo

dèbora hadaza dijo...

bien!

Anónimo dijo...

ay contigo

Elefante
,,
costasinmarcostasinmar