Sólo sobreviven o los muy estrellas o los muy pendejos


Andaba con cuarenta pesos para terminar la semana. Apenas era miércoles. El dinero lo gasté bebiendo con un amigo y en un local de masajes.

El lugar donde recibí el masaje estaba en un departamento entre Miramontes y La Virgen. Había cuatro mujeres, escogí a la más joven. Me llevó a un cuarto aseado con una especie de camilla. Explicó la variedad de servicios y sus costos. Le pedí se desnudara y que después del masaje hiciera sexo oral. Le di dos billetes. Salió un momento del cuarto. Mientras, yo me desnudé y me tendí boca abajo en la camilla. La mujer regresó y comenzó a hablar, mencionó su nombre y se largó a hacer preguntas. Fue el momento en que comencé a sentirme en una consulta médica. La mujer pasaba sus manos por la espalda y después por los muslos. Recargaba sus pechos en distintas partes de mi cuerpo. Pero no lograba excitarme, estaba atento a sus preguntas, a contestar su test psicológico. Cuando masajeó la nuca se detuvo a contemplar mi cabello: que estaba lindo así quebrado, que los rulos que se me hacen. Contesté con una broma parecida a las que hago al médico cuando trata de relajarme ante la inminencia de un diagnóstico. Pidió me volteara: despacio y con cuidado pues algunos hombres se han caído. Cuando la miré, me sonreía como imbécil. Dijo que estaba dotadito, como a ella le gustan. Recordé cuando de niño el médico me auscultaba el abdomen y muy serio explicaba: tiene inflamado el intestino. Se puso más aceite en las manos y continuó su labor. Ahora al hablar la noté agitada. Mencionó que después de unas vacaciones ese era su primer día de trabajo. Me puso el condón con la boca. Tardé un tiempo en tener una erección decente. Ella se esforzaba. Al pasar mi mano por su vientre noté que sudaba. Yo estaba sin sensibilidad, todo el tiempo imaginando que me pondría insulina o anestesia, esperaba la entrada de un urólogo que con extraños aparatos me revisara. Detuvo el oral y me masturbó por unos minutos. Por lo menos tenía la verga dura y no tendría que dar explicaciones sobre mi repentina frigidez. Me dijo que si le daba más dinero hacíamos de todo, que quería tener esa cosa dentro. Me sentí nervioso, como si faltaran minutos para que me realizaran una operación de hígado. No sé si acepté pero ella se encaramó sobre mí. Estaba húmeda. Nos besamos. Ella tenía el control. Así que cerré los ojos y escuché en mi cabeza I'm a vampire. de Juno. Ella gemía, si actuaba o no, me tiene sin cuidado. Yo quería que la situación terminara. Pero el cliente era yo. El que tenía que venirse era yo. Intenté que sus pechos duros y redondos me excitaran, el aroma de su sudor. Nada. Sólo I'm a vampire. Vampire. Vampire. Cambiamos tres veces de posición hasta que enojada, ella casi gritó: ¡Puta madre! ¿Qué tú nunca te vienes? Ahora yo sonreí como imbécil. En un último esfuerzo de mi espíritu me concentré hasta sentir la inminencia del orgasmo. Abrí los ojos y ella soltó una especie de suspiro.

La peor venida del mundo y me había costado muchos billetes. Me vestí más rápido que ella.

No le pedí prestado a nadie. Comí latas de atún y galletas saladas las noches que restaban para terminar la semana. Eso me sirvió para no confundir a las putas con los doctores.

5 comentarios:

deborahadaza dijo...

buen texto, muy bueno de hecho, aunque tu no eres muy amable, pero escribes bien.

Anuar Zúñiga Naime dijo...

Antes que nada, mis respetos para el comentario anterior.
Ultimamente me pasa lo mismo, ¿será algo que tenga que ver con la edad? Me gusta cómo escribes por que dice exactamente lo que quieres decir.
Un abrazo amigo

Anónimo dijo...

Tienes razón, los muy estrellas no comemos latas de atún, pero también es cute hacerlo de vez en cuando. Saludos

TN dijo...

Como estar ahí.

Nostálgica Anónima dijo...

Jajajajajaajaja. ¿I`m a Vampire?

Vaya, eso superó a la vez en que yo vi al techo y hacía con la mente puntos de cruz.

Saludos Jorge!

Elefante
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costasinmarcostasinmar