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EPÍGRAFE DE ABRIL

En un plazo suficientemente largo, la tasa de supervivencia de cualquier persona se reducirá a cero.

- Palaniuk, Fight club.


PRIMAVERA

Sueño con el niño que fui a los ocho años. Un viaje en el tiempo. Sé que durante su adolescencia tomará ciertas decisiones que no tendrán retorno: una hija, tatuajes, el cigarro, una obsesión por desmembrar insectos. El niño no logra reconocerme. Represento lo que temía a esa edad: un maleante, un adicto, un hombre roto antes de cumplir treinta. El niño echa a correr. Se esconde en el clóset de su cuarto. Pasa tres horas protegiéndose de sí mismo.

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Ese hombre ha transladado el televisor de su madre de su departamento a la casa de empeños durante 14 meses en 32 ocasiones, recorriendo una distancia de 24.7 kilómetros.
Colecciona espejos y cada vez que está en su cuarto piensa en los domingos que pasó con su hermano pateando una roca por la avenida que los conducía a unos llanos amarillos y solitarios.



VERANO

De niño por muchos días me persiguió la imagen de un tipo que juraba ser yo. Su voz sonaba a cáncer, aún cuando no sabía, ni podía saber cómo suena el cáncer. Ese hombre me hablaba de la escritura y de la amistad. Me aterraba tener ese rostro: algo en sus ojos estaba mal. A partir de ese momento cada vez que veo una fotografía mía busco esa mirada que contiene noches que se cierran como muros.

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Un hombre abre el grifo: caen 24 hilos de agua que tardan cuarenta y nueve segundos en tibiarse. Se llena de jabón el cuerpo y antes de entrar de nuevo a esos hilos de agua se rasura; logra hacerse 17 cortaduras entre las mejillas y el cuello. Le fascina ver la sangre.


OTOÑO

La última vez que visité a mi padre le narré el sueño. Él permaneció en silencio por más de media hora. Nos miramos. Mi padre sorbía un líquido amargo de su taza; yo encendía ansioso cigarro tras cigarro. Al final dijo: Puta madre, si a un niño de ocho años le hablaste de esas dos cosas tan pobres.
Me levanté muy lentamente. Cerré con odio la puerta de la casa.

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Eres adicto a cuatro pastillas diarias.
A ocho horas de internet gratis.
A una mamada mensual.
A las ciento noventa y siete cucharadas de café que consumes a la semana.

INVIERNO

Sé la noche en que decidí convertirme en el hombre del sueño. Los minutos que me encerré en mi cuerpo y no quise ser el tipo que planeraron mis padres, cuando aún no se divorciaban, cuando mi padre al quedarme dormido en el asiento trasero del auto procuraba no despertarme y subía cuatro pisos conmigo en brazos. La noche que decidí que la imagen que deseaba narrar cuando alguien preguntara por mi juventud sería la de una mujer en una tina de baño, con el rostro sumergido en el agua y que en determinado momento grita y nadie, salvo ella, escucha.

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Desta manera comienzan los festejos del aniversario de Costa sin mar. Mañana un nuevo y emocionante capítulo.

4 comentarios:

Anuar Zúñiga Naime dijo...

Man, no mames, te rifaste muy cabrón. Ahora si me dejaste callado.
No te acostumbres.

Un abrazo

P.D.: Las fiestas sí son mejores en un metro cuadrado.

dèbora hadaza dijo...

wow un homenaje al rastas, y si para enmudecer a parlanchines je je

javier moro dijo...

Escribir no tiene porque ser doloroso, o eso dice un jovenescritor mexicano publicado en una editorial famosilla. Pero lo tuyo duele, un dolor electrizante.
Chido hermano

Anemonas y Medusas dijo...

Carnalito . . . cuando te cases nuevamente . . . queremos festejos de 10 días que inicien así

Las ganas del abarazo, espero sean cortas con una cerveza y charlas nocturnas sin rumbo . . .

FELICIDADES WEY y xq no . . .? abrazos al trenzas . . .

Elefante
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costasinmarcostasinmar